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diciembre 19, 2010
DE QUÉ HABLO CUANDO HABLO DE CORRER
agosto 24, 2010
5 de agosto de 2005 – Isla de Kauai (Hawai)
¿Quién puede reírse de Mick Jagger?
Hoy es viernes, 5 de agosto de 2005. Estoy en la costa norte de la isla de Kauai, en Hawai. El cielo está tan claro y despejado que me pasma.
Ni una nube. Ahora mismo no se aprecian siquiera indicios del concepto de nube. Llegué aquí a finales de julio. Como siempre, alquilé un apartamento y aprovecho el fresco de las mañanas para ponerme a trabajar en mi escritorio. Por ejemplo, ahora estoy escribiendo esto, un texto sobre el hecho de correr. Es verano, así que, por supuesto, hace calor. Se dice que Hawai es el archipiélago del eterno verano, pero como, a fin de cuentas, está en el hemisferio norte, cuenta con las cuatro estaciones. El verano es (relativamente) más cálido que el invierno. Pero, comparado con el calor sofocante, semejante a una tortura, que se siente entre el hormigón y el ladrillo de Cambridge (Massachusetts), lo de Hawai es como estar en el paraíso.
No hace falta el aire acondicionado. Basta con dejar la ventana abierta para que entre una refrescante brisa.
Cuando les digo que me voy a pasar agosto a Hawai, toda la gente de Cambridge siempre se sorprende: «Pero ¿tú estás bien? Con el calor que hace allí, ¿te vas en pleno verano a un sitio como ése?». Es porque no lo saben. No saben hasta qué punto consiguen los vientos alisios, que soplan incesantes desde el nordeste, refrescar el verano de Hawai. Tampoco saben lo felices que nos hace, a los que estamos aquí, esta vida en la que puedes disfrutar de la lectura a la fresca sombra de un aguacate y luego, cuando te apetece, irte sin más a dar un baño en una cala del Pacífico Sur.
Desde que llegué a Hawai también he salido a correr sin falta a diario. Pronto se cumplirán dos meses y medio desde que retomé la costumbre de correr todos los días, sin saltarme ni uno, salvo cuando me es absolutamente imposible. Esta mañana he metido en mi walkman un minidisc en el que había grabado dos álbumes de los Lovin’ Spoonful, Daydream y Hums of the Lovin’ Spoonful, y he corrido durante una hora y diez minutos escuchándolos.
Como estoy en un periodo en que lo que busco es aguantar y aumentar la distancia que recorro, por ahora los tiempos no me preocupan. Simplemente me lo tomo con calma y voy aumentando poco a poco la distancia que recorro. Cuando siento la necesidad de correr más rápido, simplemente incremento la velocidad. Pero, si aumento el ritmo, acorto el tiempo de carrera, así que procuro conservar y aplazar hasta el día siguiente las buenas sensaciones que experimenta mi cuerpo al correr. Idéntico truco utilizo cuando escribo una novela larga: dejo de escribir en el preciso momento en que siento que podría seguir escribiendo.
Si lo hago así, al día siguiente me resulta mucho más fácil reanudar la tarea. Creo que Ernest Hemingway también escribió algo parecido, del estilo «continuar es no romper el ritmo». Para los proyectos a largo plazo, eso es lo más importante. Una vez que ajustas tu ritmo, lo demás viene por sí solo. Lo que sucede es que, hasta que el volante de inercia empieza a girar a una velocidad constante, todo el interés que se ponga en continuar nunca es suficiente. Mientras corría ha llovido un poco, pero ha sido sólo una lluvia corta y agradable que ha refrescado mi cuerpo. Una densa nube se ha aproximado desde el mar y se ha situado sobre mí, ha descargado con prisas su fina lluvia, corta e intensa, como diciendo: «Tengo otros asuntos urgentes que atender», y, sin volver la vista atrás, se ha ido a alguna otra parte. Entonces ha vuelto el sol de siempre, ese que no hace distingos, y ha irradiado la tierra con ardor. Es un clima fácil de entender. No hay en él ni ambivalencias ni dificultades de comprensión, y tampoco contiene metáforas ni simbolismos. Por el camino me he encontrado con otros corredores. Había aproximadamente el mismo número de hombres que de mujeres. Los más vigorosos, los que corren golpeando con fuerza el suelo y cortando el viento al avanzar, parece que los persiga una cuadrilla de bandoleros. Por otro lado, están los corredores entrados en carnes, que corren con enorme sufrimiento: los ojos entornados, los hombros caídos y resoplando ruidosamente. Tal vez la semana pasada, después de que les diagnosticaran diabetes, su médico de cabecera les recomendó encarecidamente el ejercicio diario. Yo estoy un poco a caballo entre ambos.
La música de los Lovin’ Spoonful, la escuches cuando la escuches, es estupenda. No pretende mostrar más de sí que lo necesario. Cuando escucho esta relajante música, los recuerdos de diversas cosas que me ocurrieron a mediados de los sesenta pasan lentamente ante mis ojos. Ninguno de esos episodios fue nada del otro mundo. Si se hiciera una película sobre mi vida (aunque el mero hecho de pensar en ello ya me horroriza), todas las escenas acabarían suprimidas en la sala de montaje. Seguro que dirían algo así: «Esta escena no hace falta que aparezca. No está mal, pero tampoco tiene nada de especial». Eso es. Son sólo pequeños acontecimientos sin importancia. Pero para mí son recuerdos valiosos llenos de sentido. Puede que, mientras voy recordando esto y aquello, esboce inconscientemente una sonrisa o ponga sin querer el gesto algo serio. Y, al final de ese cúmulo de recuerdos de vivencias normales y corrientes, estoy yo. Yo, aquí y ahora. En la costa norte de Kauai. Cuando pienso en la vida, a veces tengo la impresión de que no soy más que un tronco a la deriva, arrastrado por las aguas hasta una playa. Los alisios que soplan desde el faro agitan las hojas de los eucaliptos sobre mi cabeza.
DE QUÉ HABLO CUANDO HABLO DE CORRER – HARUKI MURAKAMI
This is why biking is good for your legs
agosto 11, 2010
l a c a r b o n e r o
agosto 1, 2010
t h e d r i f t e r
diciembre 4, 2009
Con muchísimas ganas de verla y perdiendo la oportunidad de ello en el Surf Film Festival de Santander hace un par de semanas, de este mismo finde no pasa.
La historia, como su propio nombre indica ( hombre que va dando tumbos, en inglés), es un famoso surfer, probablemente uno de los mejores de la historia, Rob Machado, que se aleja de todo durante un espacio de tiempo y se dirige rumbo al sudeste asiático (concretamente Indonesia) y allí se encuentra consigo mismo y dedica tiempo a reflexionar y hacer surf de forma tranquila y sosegada, sin las cámaras delante, sin puntuaciones, sin campeonatos, sin rivales.
Evidentemente, y como no podía ser de otra manera, la fotografía que acompaña esta película – documental es asombrosa, y como muestra, un botón:


Nos reímos. Y seguimos riéndonos así. Hablando sin saber muy bien de qué ni por qué. Después decidimos colgar, prometiendo que nos llamaremos mañana. Es una promesa inútil: lo hubiéramos hecho de todos modos. Cuando pierdes tiempo al teléfono, cuando los minutos pasan sin que te des cuenta, cuando las palabras no tienen sentido, cuando ninguno de los dos tiene ganas de colgar, cuando después de que ella ha colgado compruebas que lo haya hecho de verdad, entonces estás perdido. O mejor dicho, estas enamorado, lo que, en realidad, es un poco lo mismo…
Tengo ganas de ti – Federico Moccia
Cojo el ascensor y bajo al garaje. Debajo de
una tela gris, al fondo, veo asomar una rueda. La reconozco. Ligeramente consumida pero aún viva, un poco de polvo y muchos kilómetros recorridos. Con un movimiento propio de un torero, aparto la tela. Ahí está, la Honda Custom VF-750 azul metalizada.
Acaricio el depósito. Mi mano dibuja una ligera señal en el polvo que duerme sobre ese azul. Después levanto el asiento, uno los cables de la batería y lo vuelvo a cerrar.
Me subo encima. Saco la llave de la chaqueta y la meto debajo, cerca del motor. El llavero cuelga con suavidad, oscila, rebota, tocando de vez en cuando el frío motor. Más arriba, una luz débil tiñe de verde y rojo el dispositivo de encendido. La batería está descargada. Lo intento con el pedal, pero será imposible arrancarla. Aprieto el pulsador rojo con la mano derecha. Vanas esperanzas ahora confirmadas: nada que hacer. Tengo que empujar. Salgo del garaje con la moto inclinada, apoyada en el cuerpo, a mi derecha, contra las piernas. Los cuádriceps se hinchan. Uno tras otro, pasos ágiles, cada vez más veloces. El latido de los pasos se alterna con el ruido de la gravilla, uno, dos, tres, cada vez más rápido. Salgo del patio y la empujo por la calle, ahora más de prisa. Algunos pasos más. Ya está puesta la segunda. Mantengo con la izquierda el embrague. Ha llegado el momento. Suelto el embrague y la moto frena casi de golpe, pero yo sigo empujando y la máquina barbota. Le doy al embrague y lo suelto otra vez. Y ella tose. Ahora un poco más, con fuerza. Estoy sudando. Un último empujón, lo noto. Y de hecho, se enciende de golpe. Da un salto hacia adelante. Embrago y doy gas con la derecha. El motor cobra vida y ruge en la noche, debajo de las casas, en la calle vacía. Más gas. Sale humo viejo de los tubos de escape, grandes nubes que tosen a causa del pasado, del largo reposo. Más gas. Monto y enciendo las luces. Después suelto el embrague y avanzo en el viento nocturno. Sudado, rae seco corriendo veloz por la Farnesina. Paso debajo del puente. Tomo la curva cambiando de marcha doblado, sin frenar. Reduzco un poco el gas para volver a darlo a media curva y la moto colea.Acelero de nuevo y, como un perro obediente, ella corre conmigo encima, hacia el puente Milvio, después la iglesia, el Pallotta, las mil pizzas comidas allí, el Gianfornaio a la izquierda y algún florista cercano. Cuántas flores enviadas desde ese florista, el que hace más descuento de todos. Tantas flores, siempre distintas, siempre para la misma chica. No lo pienso, no quiero pensar en eso. Pistola, el vendedor de sandías, está allí fuera, probando un móvil. Dos bocinazos y me mira. Lo saludo pero no me reconoce. Iré a verlo más tarde para recordarle quién soy. No me importa, doy gas y me pierdo en la noche. Joder… Qué bonita es Roma. Te he echado de menos.
Acelero y bajo por la orilla del Tíbet. Driblo los coches. Derecha, izquierda… Finalmente aminoro al tiempo que me acerco a la acera. Rozo los pinos del Foro Itálico. Alguna que otra prostituta está cogiendo sitio junto a su fuego aún apagado. Piernas gruesas ruedan frenadas sólo por alguna caña de bota demasiado estrecha. Una, falsa o auténtica culta, lee un periódico y se ríe con una boca descoyuntada por cualquier idiotez encontrada entre sus páginas. Quizá sea una noticia triste y no la ha entendido. Otra ya está sentada en una pequeña silla plegable, tiene un crucigrama en la mano y, con un bolígrafo, lo rellena veloz. O escribe al azar o realmente sabe las respuestas. Doy otra vez gas y, al mismo tiempo, cambio de marcha. Quinta, cuarta, tercera, curva cerrada a la derecha. Freno un poco más allá, delante del Cineporto, un cine al aire libre. Pongo el caballete y bajo de la moto. Grupos de chicas se ríen divertidas fumando un cigarrillo sin que las vea ningún padre iluso. Una rubia con el pelo corto y el maquillaje demasiado abundante me mira y le da un codazo a su amiga. Morena, ojos de avellana, el pelo en casquete, sentada con las piernas cruzadas sobre una SH-50 gris petróleo, esta última me mira turbada y se queda con la boca abierta. Me toco el pelo corto en la nuca. Estoy moreno, delgado, sonrío y me siento bien. Estoy tranquilo. Me apetece una cerveza fría y ver una película. Para ser sincero, tengo ganas
de otra cosa, pero sé que no puedo tenerla.
TENGO GANAS DE TI – FEDERICO MOCCIA
alguien que cuando me ponga borracha me lleve a casa en brazos, que me rompa las medias con la boca y luego me compre otras, que me haga el amor contra la pared y se meta conmigo en la bañera, que se pierda a mi lado para después rescatarme de laberintos sin sentido, que saque la espada y me defienda de víboras, pirañas y putas.
alguien que cosa disfraces a mis días malos y los convierta en buenos, que no se enfade si no me entiende, ni me entiendo y lo mareo, que me saque la lengua cuando me ponga tonta y me haga enmudecer, que no dé por hecho que siempre voy a estar ahí pero que tampoco lo dude, que no me haga sufrir porque sí pero que no me venda amor eterno manoseado ni me lo ponga fácil.
alguien que no pueda caminar conmigo por la calle sin cogerme de la mano, que no me compre con regalos pero que tenga mil detalles de papel, que no le guste verme llorar y que me haga reir hasta cuando no tengas ganas, que de vez en cuando decida perseguirme por los bares y conocerme otra vez, que me mire, lo mire y me tiemblen las piernas sin remedio…
alguien que esté loco por mí, y no se olvide de decírmelo los días de resaca, que si se pone animal sea sólo en la cama y me mate a besos por la mañana, que no se acostumbre a mí y deje de inventar nombres nuevos al despertarme, que si mira a otra, luego me guiñe un ojo y se ría de mis celos de niña tonta.
y sobretodo, que no tenga que perderme para darse cuenta de que me ha encontrado
































