Jem miró a Ralph a los ojos a través de las lágrimas y, de repente, lo vio. El destino. El hombre de sus sueños. Jamás había visto un amor como aquél en los ojos de nadie. Ralph la quería de verdad. Y no se parecía nada a todos los demás “Te quieros”. No le exigía nada, no estaba encaprichado con ella, no estaba obsesionado, no pretendía que llenara los huecos de su vida, no quería cambiarla, ni controlarla, ni adorarla… simplemente la amaba. Así de sencillo. La amaba. Jem alargó una pequeña y fría mano y la apoyó en su mejilla.
LA FIESTA DE RALPH – LISA JEWELL

